No sé porque siempre que sucede una cosa de este estilo me pasa lo mismo, creo que soy una persona bastante sociable y cuando me proponen participar en una reunión de este tipo me siento contenta porque pienso en todo lo bueno que voy a poder extraer de esa experiencia, la emoción de volver a reunirnos con personas lejanas a las que tenemos pocas oportunidades de ver, la diversión derivada de las paridas que suelte cada uno mientras estemos juntos… ese tipo de sensaciones que se quedan gravadas como fotografías imperecederas.
Sin embargo, a medida que pasa el tiempo y se aproxima la fecha señalada se me van quitando las ganas; son demasiadas las expectativas, los dimes y diretes, los malos rollos que se van vislumbrando por el camino, para que me sienta un poco agotada y me dé una pereza enorme continuar con los preparativos.
Sea el tipo de evento del que se trate, ya sea una celebración o reunión familiar, profesional o entre amigos, existen demasiadas implicaciones emocionales entre los participantes, para bien o para mal… en unos casos son afectos y en otros son rencores sin resolver… y de esta manera se van creando “bandos” o “clanes”, no sé como nombrarlo, entre las personas más afines. Muchas personas van moviendo sus fichas para conseguir la mejor posición: para ser los más guapos, los más interesantes, los mejor relacionados… Se establecen alianzas y pactos para ocupar el mejor lugar y dejar en evidencia a los adversarios.
Yo estas cuestiones me las suelo tomar con bastante calma, no me gusta planificar en exceso lo que va a suceder, entre otras razones, porque la vida me ha enseñado que las cosas son siempre como tienen que ser, no como hemos previsto que sean. Así pues, en el caso que nos ocupa, no he generado demasiadas expectativas al respecto. Por supuesto que deseo “triunfar” en el evento como cualquier hijo de vecino, pero sin obsesionarme en cuál es el posible triunfo que quiero conseguir, tal vez porque me conformo con estar entre las personas que quiero y con pasarlo bien todos juntos.
En este orden de cosas, no ha sido hasta esta misma semana que me he planteado en serio que me iba a poner para la ocasión. En mi mente me había formado una idea aproximada de lo “divina” que quería estar, pero no me había preocupado en salir a recorrer tiendas con el objetivo de pescar lo más deslumbrante que pudiera ponerme encima. Después de haber dedicado unas cuantas horas a probarme modelitos, llegaba el momento de tomar una decisión… y entonces es cuando se me hizo más patente la angustia con la que estaba viviendo las vísperas del acontecimiento, no me quedaba más remedio que sentarme a reflexionar…
¿Qué es lo que quería… un conjunto que valiese una fortuna para dejar con la boca abierta a todo el mundo y que representará un gasto excesivo para mi maltrecha economía… o prefería dejarme de tonterías y pasar de los comentarios que mi atuendo pudiera suscitar, llevando algo más asequible para mi bolsillo, con lo que me sintiera cómoda y que se ajustará a mi personalidad, algo que no tuviera que exhibir como si me hubiera tragado el palo de la escoba?
Evidentemente opté por la segunda opción y es que, a estas alturas, me importa un rábano lo que digan o dejen de decir los demás. Me niego a ir decorada como un árbol de navidad para resultar llamativa porque creo que lo que resulta más impactante de una persona es su manera de comportarse; si por ir con un atuendo determinado voy a estar incomoda y más pendiente de si me hacen daño los zapatos o si el escote se mueve de su sitio, voy a perderme de disfrutar de todo lo que pueda compartir con las personas que aprecio, más me vale que me quede en casa.
Vamos, que me parece que iré a la fiesta arreglada pero informal… es decir, con chándal y con tacones, jejeje…









