"No voy a dejar de hablarle sólo porque no me esté escuchando. Me gusta escucharme a mí mismo. Es uno de mis mayores placeres. A menudo mantengo largas conversaciones conmigo mismo, y soy tan inteligente que a veces no entiendo ni una palabra de lo que digo. " (Oscar Wilde)



martes, 17 de julio de 2007

Nube negra

(Letra: Luis Gª Montero / Música: A. Gª de Diego, Joaquín Sabina y Pancho Varona)


Cuando busco el verano en un sueño vacío,
cuando te quema el frío si me coges la mano,
cuando la luz cansada tiene sombras de ayer,
cuando el amanecer es otra noche helada,

cuando juego mi muerte al verso que no escribo,
cuando sólo recibo noticias de la muerte,
cuando corta la espada de lo que ya no existe,
cuando deshojo el triste racimo de la nada.

Sólo puedo pedirte que me esperes
al otro lado de la nube negra,
allá donde no quedan mercaderes
que venden soledades de ginebra.

Al otro lado de los apagones,
al otro lado de la luna en quiebra,
allá donde se escriben las canciones
con humo blanco de la nube negra.

Cuando siento piedad por sentir lo que siento,
cuando no sopla el viento en ninguna ciudad,
cuando ya no se ama ni lo que se celebra,
cuando la nube negra se acomoda en mi cama,

cuando despierto y voto por el miedo de hoy,
cuando soy lo que soy en un espejo roto,
cuando cierro la casa porque me siento herido,
cuando es tiempo perdido preguntarme qué pasa.

Sólo puedo pedirte que me esperes
al otro lado de la nube negra,
allá donde no quedan mercaderes
que venden soledades de ginebra.

Al otro lado de los apagones,
al otro lado de la luna en quiebra,
allá donde se escriben las canciones
con humo blanco de la nube negra.
Hoy no tengo ganas de escribir, estoy al otro lado de la nube negra... pero recordad: es tiempo perdido preguntarme qué pasa.



lunes, 16 de julio de 2007

Hablando de hijos...


No, no tengo nada más que una hija de la que ya he hablado en alguna ocasión, pero durante un período de mi vida tuve que ejercer de madre en funciones y, al hilo de una entrada leída en uno de los blogs de mis amigos, me han entrado ganas de hablar de eso.

Mis padres practicaban el método Ogino, por aquellos tiempos era bastante frecuente recurrir a él puesto que no había la posibilidad de acceder a los métodos de prevención del embarazo que existen actualmente, y, como muchas parejas, tuvieron un fallo (no en balde dicen que el Sr. Ogino es el hombre al que se le atribuyen más hijos a lo largo de la historia…). Del fallo de mis padres nació, cuando yo tenía casi 11 años, mi hermano Alberto. Su nacimiento fue todo un acontecimiento porque era el varón que mi padre siempre había deseado tener, hasta entonces la naturaleza solo le había dado dos hermosas hijas (ejem, ejem… modestia a parte…); así que, a pesar de venir a destiempo, fue muy bien recibido.

Por mi edad y condición de hija mayor, viví el embarazo de mi madre con intensidad, desde los primeros momentos en los que no sé sabía con certeza si se había producido la fecundación hasta que pasados los nueve meses nació la criaturita. Durante ese tiempo tuve que ayudar a mi madre en algunas tareas y participé, también, en la preparación de la canastilla de mi futuro hermano.

Una vez nació, la ayuda se intensificó, sobre todo, con el cuidado del bebé. Me sentía en una situación privilegiada, podía jugar a ser la mamá de un muñeco de carne y hueso. Cuando mis deberes escolares me lo permitían debía cambiar los pañales, preparar los biberones, alimentar al bebé y, lo más desagradable, lavar las gasas que se utilizaban como pañal (en aquellos tiempos no existían los pañales desechables), esto era lo que menos me gustaba, no entendía como aquel ser tan diminuto pudiera embadurnar los pañales con aquellas enormes plastas de color indefinido y olor nauseabundo. Lo que más me gustaba era prepararle la papilla de la merienda, la que se hacía con plátano, galletas maría y zumo de naranja, ¡¡¡estaba riquísima!!!... y esperaba con ilusión que el bebé estuviera desganado para poder terminármela yo… (siempre he sido muy golosa, qué le vamos a hacer…).

De entre las anécdotas que se me han quedado grabadas de la etapa de bebé, recuerdo especialmente dos. Una de ellas se produjo cuando un día, como hacía con bastante frecuencia en el verano, fui a comprar alguna cosa que me había encargado mi madre al “colmado”, la versión reducida de las tiendas de ultramarinos, que había en mi calle. Como siempre, coloqué al niño su sillita (ya debía rondar el año de edad) y nos fuimos para allá. Mientras esperábamos el turno en la tienda, se nos acercó una señora y me dijo: “¡Ay, que mamá tan joven y tan linda! Muchas veces te veo paseando a tu bebé…”, ni que decir tiene que me quedé de piedra, me subió el pavo y a duras penas pude sacar a la susodicha señora de su error. Me parecía increíble que alguien pudiera confundirme con mi madre, claro que la señora no debía conocerla… Hay que tener en cuenta que por aquella época yo no había cumplido aún los 12 años y, a pesar, de estar en pleno proceso de cambio hormonal, no daba, ni de lejos, la imagen de una mujer que hubiese pasado por el proceso de la maternidad, o al menos eso me parecía a mí…

Ese mismo verano tuve la otra anécdota… Un día por la mañana lleve a mi hermano al parque infantil que había en la antigua Plaza Lesseps (¡cómo recuerdo aquella plaza!… con su estanque, sus columpios, su césped que en invierno se cubría de rosada, el cine Roxi en la esquina, el mismo que cantó Joan Manuel Serrat,… y ¡cómo la destrozaron cuando construyeron la Ronda del Mig!, actualmente está en obras y, aunque decían que se iba a recuperar su uso lúdico, dudo mucho que, con el tráfico de la zona, eso sea posible, pero debo reconocer que algunos edificios que se están construyendo a su alrededor le están dando una imagen mucho más amplia y moderna…) ¡Uffff, me estoy yendo de tema…! A lo que iba… Estaba con mi hermano en la zona de juegos de la plaza cuando se me ocurrió la genial idea de columpiarle, pensé que si le daba poco impulso y le sujetaba con una mano por delante sería suficiente para que el bebé no sufriera ningún percance. A mí me encantaba columpiarme y subir tan alto como fuera posible, así es que, imagino, le di más impulso del recomendable y el niño salió disparado fuera del asiento, cayendo de morros en la arena… ¡Qué susto me llevé! Cuando le levanté y vi que tenía la boca llena de arena y que se había hecho un pequeño corte en el labio que sangraba, me puse a temblar (la sangre siempre me ha dado terror, algún día explicaré alguna anécdota más al respecto). Le cogí en brazos, le llevé a la fuente donde tantas veces me paraba a beber agua o a jugar cuando iba o venía del colegio y le lavé la herida con más buena intención que éxito… Alberto poco a poco se fue calmando, pero yo no podía hacerlo. Le volví a colocar en su sillita de paseo y como alma que lleva el diablo volé más que corrí de camino a casa. Cuando llegamos mi madre se alarmó más del estado en que me vio a mí que del daño que había sufrido mi hermano, que estaba la mar de feliz por el paseo a toda máquina que acababa de tener… Nunca he podido recuperarme de ese accidente, cuando mi hija era bebé, me daban pánico los columpios y en contadas ocasiones la subí a alguno, era algo que tenía que hacer su padre y, en muchas casos, terminábamos discutiendo porque le decía que fuera cuidadoso, que no le diera tanto impulso porque la niña se podría caer, y él, claro está, se pillaba unos cabreos considerables.

A medida que Alberto fue creciendo las anécdotas fueron cambiando, tanto es así, que con el paso de los años, pasé de ser la madre a ser la pareja de mi hermano a los ojos de los demás… Mi muñeco creció y se hizo todo un tiarrón de 1.85 de estatura y, hasta hace algún tiempo, más de 110 kg. de peso, vamos todo un armario ropero… (actualmente ha adelgazado a base de llevar una dieta muy equilibrada y mucho ejercicio físico). Un sábado por la tarde, él debía de tener sobre los 18 años (yo todavía estaba soltera), estábamos aburridos en casa y decidimos ir a hacernos socios de un nuevo video-club que habían abierto en el barrio. Nos enseñaron donde encontrar las películas y cuando estábamos dando los datos, él que nos atendía, guiñándonos un ojo, nos dijo que en el fondo había una zona, diferenciada del resto de las estanterías, donde se podían encontrar películas de contenido muy adecuado para una pareja joven como nosotros. En aquel momento ninguno de los dos dijo nada, pero en cuanto salimos del establecimiento nos pusimos a reír como locos… nos habían confundido con una pareja de novios o recién casados… Sin comentarios…

En otra ocasión, ya estaba montando mi casa familiar, necesitaba ir a recoger unos cuadros que tenía encargados, mi pareja no podía venir conmigo, y como era algo bastante voluminoso, mi hermano se ofreció a acompañarme. La calle donde estaba la tienda de marcos era una calle algo estrecha y no había sitio para aparcar, así es que Alberto dejo el coche sobre la acera unos segundos para entrar en el establecimiento a recoger los paquetes, cuando salíamos los dos cargados nos encontramos con que un urbano nos estaba poniendo una multa. Le explicamos que éramos una pareja de novios que estaba montando el piso, que habíamos venido a recoger los cuadros que llevábamos y que, como que no había sitio, habíamos dejado el coche el tiempo justo para entrar a recogerlos, que por favor no nos pusiera la multa que con los gastos del piso y de la boda nos iba a hacer una faena y el buen hombre rompió la papeleta como “regalo de bodas a unos novios tan simpáticos”.

Entre las primeras y las últimas anécdotas pasaron algunos años en lo que se estableció una complicidad muy especial entre mi hermano Alberto y yo. Cuando era niño, una hermana bastante más mayor le valió tener una aliada en alguna de sus travesuras que le evitó recibir alguna que otra bronca paterna; a medida que fue creciendo deje de ser alguien que le protegía, para ser más amigos y camaradas. Siempre hemos tenido mucha confianza el uno en el otro, y cuando alguno de los dos hemos tenido algún problema, siempre ha estado el otro a su lado para intentar ayudarle. Alberto fue quien me ayudó a poner en marcha y a sacar adelante mi negocio durante los años en que lo tuve.

Cuando hace 3 años falleció nuestra hermana, hicimos, si cabe, mucha más piña, juntos tuvimos que hacer frente a sus últimos días y a todo el lío derivado del funeral (lógicamente, nuestros padres no estaban en aquellos momentos para nada). Era cuando yo estaba en pleno proceso de separación y aquel año, por vacaciones, nos fuimos juntos por Andalucía, entonces fue “mi niño” quien se hizo cargo de mí y se ocupó de darme los ánimos que necesitaba porque estaba atravesando una de las peores etapas de mi vida.

Ahora Alberto tiene pareja fuera de la ciudad y no nos podemos ver con la asiduidad con que lo hacíamos antes, pero siempre sabemos, los dos, que en cualquier momento, basta con levantar el teléfono para estar uno al lado del otro como siempre lo hemos hecho.

Esta entrada va por ti, hermanito, te quiero…


jueves, 12 de julio de 2007

R.I.P.


Estoy de duelo.

Él, que me ha acompañado a todas partes durante cuatro largos años, que ha vivido conmigo tantos instantes, que ha escuchado mis penas y mis alegrías durante todo este tiempo, se ha ido, ya nunca más podré contar con su presencia a mi lado, nunca más mis manos podrán tocarle ni mis ojos verle.

Se lleva con él todas las confidencias que le he prestado, ha sido un fiel camarada que ha sabido mantener a buen resguardo mis secretos más íntimos. Ha acompañado mi soledad y me ha ayudado a reflexionar cuando tenía dudas. Con él he aprendido infinidad de cosas…

Otro vendrá o ocupar ese espacio, pero siempre quedará el recuerdo de éste…



…mi primer ordenador portátil.

martes, 10 de julio de 2007

¿Feeling?


Hoy en día todo el mundo habla de “feeling” cuando se trata de establecer en que se basan las relaciones personales, sobre todo cuando hablamos de las relaciones entre hombre y mujer… con esa persona tengo mucho “feeling”, es imposible que pueda haber algo entre nosotros, no hay “feeling”, inmediatamente surgió “feeling” entre él/ella y yo… son frases que escucho a menudo. Así es que he decidido darle unas cuantas vueltas a la palabreja para ver que saco en claro…

Según el diccionario inglés-español Espasa-Calpe Concise, la palabra feeling tiene diferentes acepciones:

nombre:
1 (físico) sensación
2 (emocional) sentimiento: the film left me feeling depressed, la película me deprimió
3 impresión to have/get the feeling (that)..., tener la impresión de que...
4 sensibilidad: I'm afraid of hurting your feelings, temo herir tus sentimientos
5 opinión: my feeling is that..., opino que...

adjetivo: sensible
LOC: no hard feelings, I hope, sin rencores, espero
I know the feeling, conozco la sensación
I've got mixed feelings about it, tengo sentimientos encontrados sobre ello


Nada más empezar me encuentro con la primera disyuntiva, no es lo mismo una sensación que un sentimiento. Las sensaciones son algo primario que se produce como reacción a lo que percibimos a través de los sentidos; los sentimientos, en cambio, son algo más secundario, son las elaboraciones que realiza nuestra mente a partir de las sensaciones y percepciones que vamos teniendo. Por lo tanto, cuando hablamos de “feeling” nos referimos a dos cosas diferentes, el primer impacto sensorial que nos produce alguien y los sentimientos que nos genera posteriormente. Ambigua anda la cosa…

Después de una vuelta de tuerca más llego a la palabra “emoción” (del latín emoveo, emotum = conmovido, perturbado), que es un impulso involuntario originado como respuesta a los estímulos del ambiente, que induce sentimientos en el ser humano y que desencadena respuestas de reacción automática tanto a nivel fisiológico como de conducta, aunque el ser humano sea capaz de controlar sus emociones.

En castellano tenemos un término que creo que podría resultar más esclarecedor, se trata de “atracción sexual”, sin embargo, ahora que todos andamos hablando libremente de sexo y de sexualidad, esta expresión está “demodé”… Y también deberíamos tener en cuenta la “atracción interpersonal”, que es la que existe entre las personas cuando no hay un objetivo de tipo sexual entre ellas.

¡Aaaaayyyyy!...

Por más vueltas que le doy al asunto, lo único que permanece inamovible desde el principio es el deseo de que se siga produciendo ese “feeling” que hace que ante una persona determinada nuestro corazón se acelere, nuestra organismo se comporte de manera diferente, nuestras emociones se desborden y no podamos quitar nuestros ojos ni nuestros pensamientos de él/la elegid@. Quiero seguir enamorándome (que, después de todo, es como siempre he expresado ese estado, visto lo visto, tan difícil de calificar).

viernes, 6 de julio de 2007

Pequeñas cosas, cosas pequeñas







Hoy he acabado mi primer gif, algo que, en principio, no tiene ninguna importancia. Pero resulta que para mí sí que es algo importante. Hacía tiempo que quería hacer uno y nunca me había encontrado con el estado de ánimo suficiente para meterle mano al programa que permite realizarlos, me parecía que iba a ser algo complicadísimo… como me pasa muchas veces, no ha sido así.

Y todo eso me ha dado que pensar…

Por un lado, en el miedo que nos paraliza en muchas ocasiones. Ese miedo absurdo que nos impide llevar a cabo lo que queremos porque nos parece que va a ser imposible que podamos conseguirlo. De repente, un día, nos atrevemos a intentarlo y vemos que somos capaces de realizar lo que nos habíamos propuesto y que deberíamos haberlo intentado antes porque no era para tanto.

Por otro lado, en que cada cosa tiene su momento. Por más vueltas que les demos a las cosas, hasta que no llega “ese momento”, no podemos llevarlas a cabo. La cadena de sucesos previos nos lleva a ese punto en que todo resulta fácil porque ya hemos adquirido los conocimientos necesarios para ello.

Y, para terminar, en la importancia de las cosas pequeñas. La felicidad son esas pequeñas cosas, sin importancia aparente, pero que marcan una diferencia en nuestro vivir cotidiano. Ahora ha sido este pequeño gif, dentro de un rato será otra pequeña “victoria”, y así se van cargando las pilas para seguir y seguir.

Anoche hablaba con violeta04, la destinataria de este gif que es mi regalo de bodas virtual, y me decía que a ella y a su cibernovio les hacía mucha ilusión esta ceremonia online porque representaba el poder llevar a cabo, aunque sólo fuera virtualmente, lo que desearían poder realizar offline. Esa ilusión fue el motor que me llevo a meterme en harina sin tener demasiada idea de lo que iba a conseguir. Para celebrar este pequeño triunfo he querido dejarlo aquí. La música que le acompaña es la “canción” de violeta04 y Sidharta60, a los que yo, ahora, conozco como Ana y Manuel.

Ojala pronto podáis convertir vuestro sueño en realidad, pero ya sabéis… deberéis esperar a que llegue su “momento”… ¡¡¡Sed muy felices!!!




(Joooo, pues resulta que por aquí no se pueden poner gifs animados... caxissss!!!!!)



miércoles, 4 de julio de 2007

Medio siglo de canciones




A lo largo de la vida he ido coleccionando muchas canciones, tal vez demasiadas, la música evoca vivencias y los recuerdos se despiertan. Cuando empecé a preparar este listado de canciones pensé que no pasarían de 10 o 20, ahora me doy cuenta que llevo más de 200 y, como aquel que dice, ni siquiera he empezado… Ésta es mi historia a través de la música que he ido escuchando en cada momento de mi vida, no sigo un orden cronológico, he ido escogiendo las canciones a medida que las iba recordando o que las iba encontrando y cada canción evoca algún momento de esa vida que es la mía, pasado y presente se entremezclan, pues.

Personas, vivencias y circunstancias han ido pasando por mi recuerdo mientras escogía las canciones que iba colocando en la lista. Sonrisas y lágrimas, ilusiones y decepciones, de todo un poco… Hacer la recopilación ha sido un ejercicio de memoria muy agradable porque incluso los malos recuerdos se han ido transformando a través de la música.

Es curiosa la relación que mantengo con la música, me gusta casi toda y no tengo unos gustos definidos en el sentido de que me gustan casi todos los géneros, aunque lo que no soporto son esas canciones machaconas que no tienen ningún tipo de discurso musical y que son sólo algunos sonidos repetidos. Sin embargo, hay momentos en mi vida en que no puedo escuchar las canciones de siempre, esas que tienen una letra que entremezclada con la música me hace sentir y, de alguna manera, me enamora. Son momentos en lo que el vacío interior es excesivamente grande, las carencias son demasiado profundas y la esperanza parece haberse escondido en algún lugar inaccesible imposible de encontrar, entonces la música sólo despierta la tristeza, las lágrimas salen sin permiso y prefiero llenar ese desierto interno con otros sonidos que no las convoquen, es el momento de escuchar música chill out o música clásica.

Hoy he empezado a cargar canciones en el blog, será un largo trabajo ir colocándolas, no sé si podré colgarlas todas o si acabaré en algún momento de recordar más, una me lleva a otra y las fotografías asociadas se van sucediendo sin cesar, he revuelto los rincones de la casa buscando vinilos, cassettes y cds, algunos hacía años que no los escuchaba, a medida que vaya avanzando se irán viendo los resultados… Como que todavía no sé cómo incluir algunas cosas aquí, dejo de momento la URL donde estoy poniendo las canciones:

http://lemoinestar.imeem.com/

lunes, 2 de julio de 2007

Tempus fugit (con permiso)


Pasado, presente y futuro no existen, para Einstein el tiempo no es más que una ilusión muy persistente de nuestra mente. Otros físicos y filósofos dicen también que el universo es estático y, por lo tanto, el tiempo y el movimiento son sólo ilusiones. Así pues, desde esta perspectiva, no podemos asegurar que el tiempo pase. Pero bueno… por más que digan ellos, no nos podemos abstraer a la melancolía que representa ver ese “imaginado” pasado ni a la angustia que se nos plantea ante ese “inexistente” e incierto futuro.

Ni tampoco podemos dejar de aceptar que el paso del tiempo es subjetivo y cada uno lo vive de distinta manera. Para el que espera, por ejemplo, el tiempo se hace infinito y en cambio, cuando vivimos intensamente, el tiempo pasa volando. En este punto quiero dejar constancia de una creencia personal: en el recuerdo, en cambio, el tiempo es inversamente proporcional a la rapidez con la que lo vivimos; así, pues, los momentos de nuestra vida en que hemos vivido intensamente y el tiempo se ha pasado sin sentir, nos dejan una huella en el recuerdo mucho más importante que esos otros momentos en los que estamos pasando una mala racha y, más que vivir, vegetamos, y que, prácticamente, se quedan borrados en la memoria.

El estadio de la vida por el que se atraviesa también influye en la manera en que sentimos el paso del tiempo. No es lo mismo en la adolescencia, cuando deseamos que pase rápidamente para llegar a convertirnos en esos adultos que deseamos ser, que en la madurez (ese estado “quasi” perfecto en el que se supone que estamos algunos), en la que nos tomamos mucho más tiempo para tomar determinadas decisiones porque somos más conscientes de las consecuencias que tienen algunas de ellas. Por eso, tal vez, puede parecer que a medida que pasan los años podemos necesitar más tiempo para llevar a cabo lo que nos proponemos y que el tiempo se nos hace mucho más corto y nos da para menos.

En los tiempos que nos ha tocado vivir, en los que todo discurre con tanta celeridad, se hace más patente, si cabe, esa falta de tiempo porque en nuestro día a día nos exigimos llevar a cabo demasiadas actividades y vamos, la mayor parte del tiempo, sufriendo la tiranía de la agenda y el reloj.

De un tiempo a esta parte, por mis circunstancias personales, me he planteado poner un freno a ese paso tan acelerado del tiempo viviendo con un poco más de tranquiliada, y, por ahora, parece que lo voy consiguiendo. Hoy por hoy, intento darle la importancia que tiene, y acercándome a la manera de pensar de esos físicos y filósofos que decía al principio, he empezado a prescindir del pasado, que ya no existe y que sólo es humo, ni a agobiarme por ese futuro incierto, para vivir, única y exclusivamente, el momento presente (que ése, por más que digan, para mí sí existe).

CARPE DIEM.