"No voy a dejar de hablarle sólo porque no me esté escuchando. Me gusta escucharme a mí mismo. Es uno de mis mayores placeres. A menudo mantengo largas conversaciones conmigo mismo, y soy tan inteligente que a veces no entiendo ni una palabra de lo que digo. " (Oscar Wilde)



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domingo, 4 de mayo de 2008

Ya lo decía mi madre



El otro día, dando vueltas por los “internetes”, me encontré con una iniciativa que me llamó la atención y me hizo ponerme a pensar en mi infancia y, sobre todo, en mi madre. Dicha iniciativa consistía en un concurso en el que los participantes debían realizar un relato sobre esas frases o expresiones de nuestra infancia que tantas veces hemos escuchado en boca de nuestras madres. Llevo varios días recopilando alguna de las frases que decía la mía y aprovechando que hoy es el día de la madre --una de esas fiestas para tocarnos el bolsillo pasando por el corazón que se han inventado los grandes almacenes-- quiero dejarlas aquí como un homenaje a esa mujer que con su sencillez y su personal manera de entender la vida ha dejado una impronta tan grande en mi personalidad que, a pesar de ser tan diferentes, a medida que pasan los años, cada vez me siento más próxima a su manera de pensar y de actuar.

De pequeña era una niña rechoncha, mi madre, que me hacía bastante ropa, comentaba que tenía la misma medida de contorno de pecho, de cintura y de caderas (vamos, nada más alejado del mítico 90-60-90); sin embargo, en la adolescencia empecé a estirarme y me quedé con la apariencia que tengo ahora y que es la que he ido manteniendo con ligeras oscilaciones a lo largo de los años. A ella, que es lo que se podría decir gorda, sin eufemismos ni paliativos, y que pertenece a esa generación de la posguerra en la que la gordura era sinónimo de salud, le preocupaba que su niña fuera perdiendo peso y muchas veces me decía: “te estás quedando como el espíritu de la golosina”, una frase que siempre me ha parecido muy poética…

Algunas de las frases que utilizaba me hacían reír, como aquella de “estamos como piojo entre costura” que se refería a estar en medio de una aglomeración sin espacio para poder moverse. o aquella otra de “burro trasquilao a los tres días igualao” que hacía referencia a que las cosas con el tiempo se suavizan y pierden importancia, o bien la de “en ocasiones los pollos enseñan a las gallinas” que tiempo atrás sirvió de título a una entrada en la que hablaba de mi hija, y que mencionaba siempre que le explicaba a mi madre alguna cosa que ella no sabía.

Otras en cambio, me ponían furiosa, había dos, concretamente, que me daban mucha, pero que mucha, rabia… Una de ellas era el “pórtate bien…”, dicho en un susurro al oído, que acompañaba indefectiblemente a los besos y achuchones, en el momento de cualquier despedida más o menos prolongada, cuando salía para ir a casa de alguien o me iba de fiesta o, bien, cuando me quedaba sola en casa. La otra era “cuando seas mayor lo entenderás” y que, con el paso de los años y la experiencia que da la maternidad, sospecho utilizaba cuando se quedaba sin argumentos ante mis preguntas.

Mi madre nunca fue excesivamente “pegona” y lo máximo que soltaba era algún capón de medio lado que no llegaba a doler, costaba bastante que llegará a perder los estribos aunque las pocas veces que lo hacía se lanzaba, zapatilla en mano, en nuestra persecución; ya que, tanto mis hermanos como yo, salíamos huyendo en tales circunstancias --dar vueltas alrededor de la mesa del comedor era un remedio infalible. Como no llegaba a darnos alcance casi nunca, la cosa no pasaba de ser una simple anécdota que, contemplada desde fuera, resultaba francamente cómica –más de una vez me he despanzurrado de risa viendo como alguno de mis hermanos se escabullían del arma letal de mi madre, y a ellos les ha pasado lo mismo conmigo. Solamente recuerdo un par de ocasiones en las que la zapatilla llego a hacer blanco en mi culo y, en aquellos casos, el escozor que dejaba era intenso y su recuerdo suficiente para que sirviera de advertencia en otra situación similar, así es que generalmente bastaba con la amenaza recogida en expresiones como “como vaya yo, verás…” o “es la última vez que te lo digo” o “esta noche te vas a ir a la cama caliente” para que la intimidación diera sus frutos.

Una de esas frases que he oído infinidad de veces es la de “nadie nace enseñado” y que utilizaba lo mismo cuando nos lamentábamos de que algo que habíamos intentado no había salido como esperábamos para darnos ánimos, o bien, en un contexto diferente, cuando ella reflexionaba sobre las enseñanzas que da la vida.

Otra, que me dejaba casi siempre triste y meditabunda, era la de “no estoy enfadada, estoy dolida” que solía decir cuando se le pedían disculpas después de una trastada, respuesta a aquella, que en pleno acto de contrición, le decía yo, “por favor, mamá, no te enfades”. Una de esas oraciones con doble sentido porque por un lado reflejaba el efecto de la trastada en cuestión había producido en el ánimo de mi madre y, por el otro, dejaba una sensación de culpabilidad atroz, objetivo del victimismo que muchas veces han utilizado con tanta precisión las mujeres de aquella generación.

Y otra, que siempre me pareció como una profecía de mal agüero, “como sigas así, vas a derramar muchas lágrimas”, y que, efectivamente, se ha cumplido sobradamente, aunque he seguido siendo, como siempre decía ella, “como la cantimplora, que tan pronto ríe, como llora”…

Para terminar, quiero dejar una última frase que, más que de mi madre –a quien también se la he oído decir más de una vez--, era de mi abuela --mi querida abuela María que acostumbraba a decirla siempre en catalán, recuerdo de los años en los que de joven, había vivido en esta ciudad--: “si vols estar ben servit, fes-te tu mateix el llit” (si quieres estar bien servido, hazte tú mismo la cama) y que utilizaba ante las quejas de las que era objeto cuando algo no estaba a mi gusto o, por el contrario, lo que yo hacía no estaba en condiciones.

miércoles, 26 de marzo de 2008

Eskerrikasko



"Puppy" de Jeff Koons, entrada Museo Guggenheim de Bilbao

Para Ana y Bego,
Amaia y Puri
y, sobre todo,
para Elena.


La Semana Santa de este año me ha traído un viaje que deseaba realizar desde hacia mucho tiempo. Hace cuatro años inicié, con otro viaje a Bilbao, una larga aventura por un laberinto entre luces y sombras, más sombras que luces, que no sabia a dónde me iba a conducir (y al que, aunque sigo sin saberlo, cada vez le veo un final más claro). No sé cómo ni porqué, pero, inconscientemente, sabía que para cerrar ese círculo, tenía que regresar a Bilbao. Han sido varias las ocasiones en las que se ha planteado la posibilidad de ese viaje y, no ha sido hasta ahora en que, fortuitamente, se han producido las circunstancias adecuadas para que se pudiera realizar. Así es que, en la noche del 17 de marzo, me embarqué en un tren antediluviano de camino a mi destino.

Bilbao, como la mayoría de las veces que lo he visitado, me recibió con cielo gris y lluvia, pero desde bastantes kilómetros antes de llegar a la estación de Abando, el brillante verde de los prados vizcaínos iluminaba la mañana augurando el éxito de la estancia en la ciudad y proporcionándome una energía adicional que me fue acompañando durante todo el tiempo y que se recargaba cada vez que me asomaba a las ventanas de la casa de mi anfitriona, mi querida Elena, y veía el parterre de césped con el Cercis rosado, el Prunus granate y el contrapunto verde oscuro de los Cupressus como telón de fondo.

Me había propuesto visitar los mismos lugares que había visitado en mi viaje anterior, la Plaza Elíptica (Moyúa), con el hotel Carlton y la casa de las ventanas diferentes (el Palacio de Chávarri), el Casco Viejo, el Guggenheim, el Museo de Bellas Artes y el Parque Iturriza, pasear por Ercilla (engalanada en esta ocasión con las esculturas majestuosas de "Las Meninas" de Manolo Valdés) y por la Gran Vía, viajar en tranvía por la orilla recuperada de la ría… Prácticamente pude cumplir todas mis expectativas y alguna más, con otros lugares que mis gentiles guías tuvieron a bien mostrarme, y en los que disfruté durante toda la estancia.

El mal tiempo hacía poco apetecibles los paseos al aire libre, demasiado viento, demasiada lluvia y demasiado frío que nos empujaban a resguardarnos en lugares cálidos, como las acogedoras cafeterías de la ciudad, los bares de chiquiteo y los cómodos cines, propiciando las conversaciones entre confesiones más o menos intimas y risas. Excepcionalmente, el sol quiso acompañarnos el día que fuimos a pasear por el Casco Viejo, entre pintxos de siempre y de diseño y los tradicionales pasos que se preparaban en la calle para la procesión de la tarde, haciendo todavía más agradable el paseo matutino y la comida en la Plaza Nueva.

Mención aparte merece la visita al Guggenheim, el edifico emblemático del arquitecto americano Frank O. Gehry, y las exposiciones que exhibía en esta ocasión, “Cosas del Surrealismo” y “Art in USA”, sobre todo la primera que nos permitió ponernos en contacto directo con obras de Dalí, Magritte, Miró, Picasso, etc. Un placer el recorrido lúdico entre el laberinto, en ocasiones opresivo, de “La Materia del Tiempo”, de Richard Serra, el poder degustar el arte de una obra que era una montaña de caramelos de regaliz más allá de la exposición (en estos momentos me estoy comiendo uno de ellos), fumar un cigarrillo junto a “Los tulipanes”, de Jeff Koons, observando “Mamá”, de Louise Bourgeois, y “Los Arcos Rojos”, de Daniel Barren, del Puente La Salve.

Y, por supuesto, los momentos compartidos en la cocina y en el salón de Elena, el café con gusto a canela, los lazos de hojaldre, las rosquillas, el chocolate negro y los chupitos de Jack Daniels (dos kilos me he traído de recuerdo, posados, como siempre, donde menos deseo).

Un viaje que, sin duda, repetiré en breve.


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Por si alguien desea realizar un paseo fotográfico por el Bilbao actual y el antiguo, dejo aquí un enlace.

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Mientras escribía esta entrada, recibo el aviso de un artículo publicado en elPeriódico.com, ¿será una nueva casualidad?

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Traducción de la letra de la canción “Dena bukatzean” (Cuando todo se termine), del álbum “Komplizeak” de Jabier Muguruza.

Cuando todo se termine
y el pasado sea una vieja película
en blanco y negro
que nos cuenta una emocionante
historia de amor,
te esperaré en la estación del metro
seré Humphrey Bogart para ti.

El viernes por la noche
me cogerás del brazo otra vez
con aquel gesto concreto,
ya olvidado, que tú sabes,
el deseo, ese grito sin palabras,
tres gangsters tras nosotros en la calle.
Huyendo entre risas
llegaremos a tu casa
beberemos un whisky
aún vestidos
y antes de escuchar los tiros
Janis Joplin comenzará a cantar.

Al gritar
mientras el río desemboca en el mar
dirás unas palabras irónicas,
yo entonces miraré por la ventana
y te responderé:
"me estoy haciendo viejo".
Al volver a recordar no habrá amargura
en los retratos de antaño,
nuestro cabello más blanco quizás
mientras fuera comienza a nevar.

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Ana ha querido colgar sin éxito en los comentarios una imagen del Palacio Chávarri, haciendo uso de mis "trukis", he podido recuperarla y la dejo aquí para disfrute de tod@s. Eskarrikasko por este nuevo regalo, Ana.

domingo, 10 de febrero de 2008

Soplando la primera velita



Ayer, a las 18.43 h. este blog cumplió un añito… Ha sido un largo año a través del cual, de una manera más o menos explicita, he ido reflejando muchas de los acontecimientos que he ido viviendo y, sobre todo, las reflexiones que han provocado. Ha sido, también, un año de aprendizaje y de crecimiento personal.

Cuando hice mi primera entrada, “Uno, dos, uno, dos, probando”, no podía llegar a imaginar que tendría tantas cosas para explicar, en realidad, tengo la sensación de no tener nunca nada para explicar, y, sin embargo, muchas veces, cuando los dedos empiezan a deslizarse por el teclado, parece como si adquirieran vida propia.

En los días previos a esta fecha, he ido dando un repaso por las diferentes entradas, con ésta van 80, y ha sido muy grato volver a encontrarme con ellas y con los comentarios que mis lectores, y amigos, han ido dejando en ellas. He revivido momentos de emoción intensa y de nostalgia. Gracias a tod@s l@s que, dejando o no constancia escrita, habéis ido dejando vuestra huella en mí, que ésa, aunque invisible, ha sido la más importante.

Espero seguir durante mucho tiempo soplando velitas.



jueves, 8 de noviembre de 2007

Medio siglo de risas


(Clica en la imagen para oír la canción)


Ayer me enteré de que Mortadelo y Filemón van a cumplir 50 años, concretamente el día 20 de enero, ¡fíjate, son más viejos que yo y, a pesar de todas las vicisitudes por las que pasan en su trabajo para la TIA, lo bien que se conservan!, ¿será el humor su tratamiento antienvejecimiento?…

Ejemmm… a lo que íbamos…

Pensando, pensando, empezó un desfile por mi mente de todos los personajes de tebeo (me resisto a llamarle comic) que alegraron los días de mi infancia y algunos más… Salieron otros muchos personajes nacidos de la pluma de Ibáñez, el gran Francisco Ibáñez… Rompetechos, Sacarino, Pepe Gotera y Otilio y, por descontado, ese edificio desatinado e hilarante, el 13 de la Rue del Percebe…

Y no pude dejar de pensar en otros personajes que a mí me encantaban, los hermanos Zipi y Zape, bueno, más concretamente, toda la familia Zapatilla, creados por otro de los magos del humor, Escobar, en 1948 (¡ahí es ná!), padre, además, de Carpanta (que dio lugar a la expresión: pasar más hambre que Carpanta) y de Petra.

También apareció por allí el Profesor Franz de Copenhague, del catalán Jordi Sabatés, que con sus disparatados “Grandes inventos del TBO” me hizo pasar momentos memorables (todavía hoy recuerdo alguno de aquellos inventos).

Son muchos otros los personajes que desfilaron por mi memoria, aunque no quiero terminar sin recordar uno más, la increíble y contestaría Mafalda, creada por Quino en 1964, que con su visión particular del mundo, de los problemas sociales y de la paz me acompañó en mi adolescencia.

Hoy en día, mi casa es un almacén de otro tipo de comics, los Manga, con una estética totalmente alejada de aquellos tebeos de mi infancia (TBO, Pulgarcito, Olé…) y que se leen al revés :-S, cosas de tener una hija “otaku”.

Seguro que tod@s vosotr@s, mis fieles lectores, tenéis muchos recuerdos relacionados con estos u otros personajes… os propongo un juego: ¿qué os parece si cada un@ de vosotr@s nombra a las tres figuras de tebeo (o comic) que más recordéis?

Yo me quedo con Mortadelo, el profesor Franz de Copenhague y Mafalda.


lunes, 16 de julio de 2007

Hablando de hijos...


No, no tengo nada más que una hija de la que ya he hablado en alguna ocasión, pero durante un período de mi vida tuve que ejercer de madre en funciones y, al hilo de una entrada leída en uno de los blogs de mis amigos, me han entrado ganas de hablar de eso.

Mis padres practicaban el método Ogino, por aquellos tiempos era bastante frecuente recurrir a él puesto que no había la posibilidad de acceder a los métodos de prevención del embarazo que existen actualmente, y, como muchas parejas, tuvieron un fallo (no en balde dicen que el Sr. Ogino es el hombre al que se le atribuyen más hijos a lo largo de la historia…). Del fallo de mis padres nació, cuando yo tenía casi 11 años, mi hermano Alberto. Su nacimiento fue todo un acontecimiento porque era el varón que mi padre siempre había deseado tener, hasta entonces la naturaleza solo le había dado dos hermosas hijas (ejem, ejem… modestia a parte…); así que, a pesar de venir a destiempo, fue muy bien recibido.

Por mi edad y condición de hija mayor, viví el embarazo de mi madre con intensidad, desde los primeros momentos en los que no sé sabía con certeza si se había producido la fecundación hasta que pasados los nueve meses nació la criaturita. Durante ese tiempo tuve que ayudar a mi madre en algunas tareas y participé, también, en la preparación de la canastilla de mi futuro hermano.

Una vez nació, la ayuda se intensificó, sobre todo, con el cuidado del bebé. Me sentía en una situación privilegiada, podía jugar a ser la mamá de un muñeco de carne y hueso. Cuando mis deberes escolares me lo permitían debía cambiar los pañales, preparar los biberones, alimentar al bebé y, lo más desagradable, lavar las gasas que se utilizaban como pañal (en aquellos tiempos no existían los pañales desechables), esto era lo que menos me gustaba, no entendía como aquel ser tan diminuto pudiera embadurnar los pañales con aquellas enormes plastas de color indefinido y olor nauseabundo. Lo que más me gustaba era prepararle la papilla de la merienda, la que se hacía con plátano, galletas maría y zumo de naranja, ¡¡¡estaba riquísima!!!... y esperaba con ilusión que el bebé estuviera desganado para poder terminármela yo… (siempre he sido muy golosa, qué le vamos a hacer…).

De entre las anécdotas que se me han quedado grabadas de la etapa de bebé, recuerdo especialmente dos. Una de ellas se produjo cuando un día, como hacía con bastante frecuencia en el verano, fui a comprar alguna cosa que me había encargado mi madre al “colmado”, la versión reducida de las tiendas de ultramarinos, que había en mi calle. Como siempre, coloqué al niño su sillita (ya debía rondar el año de edad) y nos fuimos para allá. Mientras esperábamos el turno en la tienda, se nos acercó una señora y me dijo: “¡Ay, que mamá tan joven y tan linda! Muchas veces te veo paseando a tu bebé…”, ni que decir tiene que me quedé de piedra, me subió el pavo y a duras penas pude sacar a la susodicha señora de su error. Me parecía increíble que alguien pudiera confundirme con mi madre, claro que la señora no debía conocerla… Hay que tener en cuenta que por aquella época yo no había cumplido aún los 12 años y, a pesar, de estar en pleno proceso de cambio hormonal, no daba, ni de lejos, la imagen de una mujer que hubiese pasado por el proceso de la maternidad, o al menos eso me parecía a mí…

Ese mismo verano tuve la otra anécdota… Un día por la mañana lleve a mi hermano al parque infantil que había en la antigua Plaza Lesseps (¡cómo recuerdo aquella plaza!… con su estanque, sus columpios, su césped que en invierno se cubría de rosada, el cine Roxi en la esquina, el mismo que cantó Joan Manuel Serrat,… y ¡cómo la destrozaron cuando construyeron la Ronda del Mig!, actualmente está en obras y, aunque decían que se iba a recuperar su uso lúdico, dudo mucho que, con el tráfico de la zona, eso sea posible, pero debo reconocer que algunos edificios que se están construyendo a su alrededor le están dando una imagen mucho más amplia y moderna…) ¡Uffff, me estoy yendo de tema…! A lo que iba… Estaba con mi hermano en la zona de juegos de la plaza cuando se me ocurrió la genial idea de columpiarle, pensé que si le daba poco impulso y le sujetaba con una mano por delante sería suficiente para que el bebé no sufriera ningún percance. A mí me encantaba columpiarme y subir tan alto como fuera posible, así es que, imagino, le di más impulso del recomendable y el niño salió disparado fuera del asiento, cayendo de morros en la arena… ¡Qué susto me llevé! Cuando le levanté y vi que tenía la boca llena de arena y que se había hecho un pequeño corte en el labio que sangraba, me puse a temblar (la sangre siempre me ha dado terror, algún día explicaré alguna anécdota más al respecto). Le cogí en brazos, le llevé a la fuente donde tantas veces me paraba a beber agua o a jugar cuando iba o venía del colegio y le lavé la herida con más buena intención que éxito… Alberto poco a poco se fue calmando, pero yo no podía hacerlo. Le volví a colocar en su sillita de paseo y como alma que lleva el diablo volé más que corrí de camino a casa. Cuando llegamos mi madre se alarmó más del estado en que me vio a mí que del daño que había sufrido mi hermano, que estaba la mar de feliz por el paseo a toda máquina que acababa de tener… Nunca he podido recuperarme de ese accidente, cuando mi hija era bebé, me daban pánico los columpios y en contadas ocasiones la subí a alguno, era algo que tenía que hacer su padre y, en muchas casos, terminábamos discutiendo porque le decía que fuera cuidadoso, que no le diera tanto impulso porque la niña se podría caer, y él, claro está, se pillaba unos cabreos considerables.

A medida que Alberto fue creciendo las anécdotas fueron cambiando, tanto es así, que con el paso de los años, pasé de ser la madre a ser la pareja de mi hermano a los ojos de los demás… Mi muñeco creció y se hizo todo un tiarrón de 1.85 de estatura y, hasta hace algún tiempo, más de 110 kg. de peso, vamos todo un armario ropero… (actualmente ha adelgazado a base de llevar una dieta muy equilibrada y mucho ejercicio físico). Un sábado por la tarde, él debía de tener sobre los 18 años (yo todavía estaba soltera), estábamos aburridos en casa y decidimos ir a hacernos socios de un nuevo video-club que habían abierto en el barrio. Nos enseñaron donde encontrar las películas y cuando estábamos dando los datos, él que nos atendía, guiñándonos un ojo, nos dijo que en el fondo había una zona, diferenciada del resto de las estanterías, donde se podían encontrar películas de contenido muy adecuado para una pareja joven como nosotros. En aquel momento ninguno de los dos dijo nada, pero en cuanto salimos del establecimiento nos pusimos a reír como locos… nos habían confundido con una pareja de novios o recién casados… Sin comentarios…

En otra ocasión, ya estaba montando mi casa familiar, necesitaba ir a recoger unos cuadros que tenía encargados, mi pareja no podía venir conmigo, y como era algo bastante voluminoso, mi hermano se ofreció a acompañarme. La calle donde estaba la tienda de marcos era una calle algo estrecha y no había sitio para aparcar, así es que Alberto dejo el coche sobre la acera unos segundos para entrar en el establecimiento a recoger los paquetes, cuando salíamos los dos cargados nos encontramos con que un urbano nos estaba poniendo una multa. Le explicamos que éramos una pareja de novios que estaba montando el piso, que habíamos venido a recoger los cuadros que llevábamos y que, como que no había sitio, habíamos dejado el coche el tiempo justo para entrar a recogerlos, que por favor no nos pusiera la multa que con los gastos del piso y de la boda nos iba a hacer una faena y el buen hombre rompió la papeleta como “regalo de bodas a unos novios tan simpáticos”.

Entre las primeras y las últimas anécdotas pasaron algunos años en lo que se estableció una complicidad muy especial entre mi hermano Alberto y yo. Cuando era niño, una hermana bastante más mayor le valió tener una aliada en alguna de sus travesuras que le evitó recibir alguna que otra bronca paterna; a medida que fue creciendo deje de ser alguien que le protegía, para ser más amigos y camaradas. Siempre hemos tenido mucha confianza el uno en el otro, y cuando alguno de los dos hemos tenido algún problema, siempre ha estado el otro a su lado para intentar ayudarle. Alberto fue quien me ayudó a poner en marcha y a sacar adelante mi negocio durante los años en que lo tuve.

Cuando hace 3 años falleció nuestra hermana, hicimos, si cabe, mucha más piña, juntos tuvimos que hacer frente a sus últimos días y a todo el lío derivado del funeral (lógicamente, nuestros padres no estaban en aquellos momentos para nada). Era cuando yo estaba en pleno proceso de separación y aquel año, por vacaciones, nos fuimos juntos por Andalucía, entonces fue “mi niño” quien se hizo cargo de mí y se ocupó de darme los ánimos que necesitaba porque estaba atravesando una de las peores etapas de mi vida.

Ahora Alberto tiene pareja fuera de la ciudad y no nos podemos ver con la asiduidad con que lo hacíamos antes, pero siempre sabemos, los dos, que en cualquier momento, basta con levantar el teléfono para estar uno al lado del otro como siempre lo hemos hecho.

Esta entrada va por ti, hermanito, te quiero…


miércoles, 4 de julio de 2007

Medio siglo de canciones




A lo largo de la vida he ido coleccionando muchas canciones, tal vez demasiadas, la música evoca vivencias y los recuerdos se despiertan. Cuando empecé a preparar este listado de canciones pensé que no pasarían de 10 o 20, ahora me doy cuenta que llevo más de 200 y, como aquel que dice, ni siquiera he empezado… Ésta es mi historia a través de la música que he ido escuchando en cada momento de mi vida, no sigo un orden cronológico, he ido escogiendo las canciones a medida que las iba recordando o que las iba encontrando y cada canción evoca algún momento de esa vida que es la mía, pasado y presente se entremezclan, pues.

Personas, vivencias y circunstancias han ido pasando por mi recuerdo mientras escogía las canciones que iba colocando en la lista. Sonrisas y lágrimas, ilusiones y decepciones, de todo un poco… Hacer la recopilación ha sido un ejercicio de memoria muy agradable porque incluso los malos recuerdos se han ido transformando a través de la música.

Es curiosa la relación que mantengo con la música, me gusta casi toda y no tengo unos gustos definidos en el sentido de que me gustan casi todos los géneros, aunque lo que no soporto son esas canciones machaconas que no tienen ningún tipo de discurso musical y que son sólo algunos sonidos repetidos. Sin embargo, hay momentos en mi vida en que no puedo escuchar las canciones de siempre, esas que tienen una letra que entremezclada con la música me hace sentir y, de alguna manera, me enamora. Son momentos en lo que el vacío interior es excesivamente grande, las carencias son demasiado profundas y la esperanza parece haberse escondido en algún lugar inaccesible imposible de encontrar, entonces la música sólo despierta la tristeza, las lágrimas salen sin permiso y prefiero llenar ese desierto interno con otros sonidos que no las convoquen, es el momento de escuchar música chill out o música clásica.

Hoy he empezado a cargar canciones en el blog, será un largo trabajo ir colocándolas, no sé si podré colgarlas todas o si acabaré en algún momento de recordar más, una me lleva a otra y las fotografías asociadas se van sucediendo sin cesar, he revuelto los rincones de la casa buscando vinilos, cassettes y cds, algunos hacía años que no los escuchaba, a medida que vaya avanzando se irán viendo los resultados… Como que todavía no sé cómo incluir algunas cosas aquí, dejo de momento la URL donde estoy poniendo las canciones:

http://lemoinestar.imeem.com/