
El otro día, dando vueltas por los “internetes”, me encontré con una iniciativa que me llamó la atención y me hizo ponerme a pensar en mi infancia y, sobre todo, en mi madre. Dicha iniciativa consistía en un concurso en el que los participantes debían realizar un relato sobre esas frases o expresiones de nuestra infancia que tantas veces hemos escuchado en boca de nuestras madres. Llevo varios días recopilando alguna de las frases que decía la mía y aprovechando que hoy es el día de la madre --una de esas fiestas para tocarnos el bolsillo pasando por el corazón que se han inventado los grandes almacenes-- quiero dejarlas aquí como un homenaje a esa mujer que con su sencillez y su personal manera de entender la vida ha dejado una impronta tan grande en mi personalidad que, a pesar de ser tan diferentes, a medida que pasan los años, cada vez me siento más próxima a su manera de pensar y de actuar.
De pequeña era una niña rechoncha, mi madre, que me hacía bastante ropa, comentaba que tenía la misma medida de contorno de pecho, de cintura y de caderas (vamos, nada más alejado del mítico 90-60-90); sin embargo, en la adolescencia empecé a estirarme y me quedé con la apariencia que tengo ahora y que es la que he ido manteniendo con ligeras oscilaciones a lo largo de los años. A ella, que es lo que se podría decir gorda, sin eufemismos ni paliativos, y que pertenece a esa generación de la posguerra en la que la gordura era sinónimo de salud, le preocupaba que su niña fuera perdiendo peso y muchas veces me decía: “te estás quedando como el espíritu de la golosina”, una frase que siempre me ha parecido muy poética…
Algunas de las frases que utilizaba me hacían reír, como aquella de “estamos como piojo entre costura” que se refería a estar en medio de una aglomeración sin espacio para poder moverse. o aquella otra de “burro trasquilao a los tres días igualao” que hacía referencia a que las cosas con el tiempo se suavizan y pierden importancia, o bien la de “en ocasiones los pollos enseñan a las gallinas” que tiempo atrás sirvió de título a una entrada en la que hablaba de mi hija, y que mencionaba siempre que le explicaba a mi madre alguna cosa que ella no sabía.
Otras en cambio, me ponían furiosa, había dos, concretamente, que me daban mucha, pero que mucha, rabia… Una de ellas era el “pórtate bien…”, dicho en un susurro al oído, que acompañaba indefectiblemente a los besos y achuchones, en el momento de cualquier despedida más o menos prolongada, cuando salía para ir a casa de alguien o me iba de fiesta o, bien, cuando me quedaba sola en casa. La otra era “cuando seas mayor lo entenderás” y que, con el paso de los años y la experiencia que da la maternidad, sospecho utilizaba cuando se quedaba sin argumentos ante mis preguntas.
Mi madre nunca fue excesivamente “pegona” y lo máximo que soltaba era algún capón de medio lado que no llegaba a doler, costaba bastante que llegará a perder los estribos aunque las pocas veces que lo hacía se lanzaba, zapatilla en mano, en nuestra persecución; ya que, tanto mis hermanos como yo, salíamos huyendo en tales circunstancias --dar vueltas alrededor de la mesa del comedor era un remedio infalible. Como no llegaba a darnos alcance casi nunca, la cosa no pasaba de ser una simple anécdota que, contemplada desde fuera, resultaba francamente cómica –más de una vez me he despanzurrado de risa viendo como alguno de mis hermanos se escabullían del arma letal de mi madre, y a ellos les ha pasado lo mismo conmigo. Solamente recuerdo un par de ocasiones en las que la zapatilla llego a hacer blanco en mi culo y, en aquellos casos, el escozor que dejaba era intenso y su recuerdo suficiente para que sirviera de advertencia en otra situación similar, así es que generalmente bastaba con la amenaza recogida en expresiones como “como vaya yo, verás…” o “es la última vez que te lo digo” o “esta noche te vas a ir a la cama caliente” para que la intimidación diera sus frutos.
Una de esas frases que he oído infinidad de veces es la de “nadie nace enseñado” y que utilizaba lo mismo cuando nos lamentábamos de que algo que habíamos intentado no había salido como esperábamos para darnos ánimos, o bien, en un contexto diferente, cuando ella reflexionaba sobre las enseñanzas que da la vida.
Otra, que me dejaba casi siempre triste y meditabunda, era la de “no estoy enfadada, estoy dolida” que solía decir cuando se le pedían disculpas después de una trastada, respuesta a aquella, que en pleno acto de contrición, le decía yo, “por favor, mamá, no te enfades”. Una de esas oraciones con doble sentido porque por un lado reflejaba el efecto de la trastada en cuestión había producido en el ánimo de mi madre y, por el otro, dejaba una sensación de culpabilidad atroz, objetivo del victimismo que muchas veces han utilizado con tanta precisión las mujeres de aquella generación.
Y otra, que siempre me pareció como una profecía de mal agüero, “como sigas así, vas a derramar muchas lágrimas”, y que, efectivamente, se ha cumplido sobradamente, aunque he seguido siendo, como siempre decía ella, “como la cantimplora, que tan pronto ríe, como llora”…
Para terminar, quiero dejar una última frase que, más que de mi madre –a quien también se la he oído decir más de una vez--, era de mi abuela --mi querida abuela María que acostumbraba a decirla siempre en catalán, recuerdo de los años en los que de joven, había vivido en esta ciudad--: “si vols estar ben servit, fes-te tu mateix el llit” (si quieres estar bien servido, hazte tú mismo la cama) y que utilizaba ante las quejas de las que era objeto cuando algo no estaba a mi gusto o, por el contrario, lo que yo hacía no estaba en condiciones.







